Imagen de una gruesa cadena

Estamos en los tiempos del acelerador de partículas, de las energías renovables, y de la revolución digital 4.0. La Humanidad ha tenido que vencer infinidad de retos y contradicciones para llegar hasta aquí y, sin embargo, una práctica sacada de lo más recóndito de la oscuridad exhibe su vigencia y nos hace pensar en la gratuidad del dolor. ¿Habrá algo menos estético que un camastro con correas, que serían las de la desesperación?

En el contacto con otras experiencias comprobamos que las contenciones mecánicas son prácticas extendidas en las unidades y recursos de la salud mental, sin que su uso esté sometido a un riguroso registro que determine su necesidad y se justifique como única opción.

En el Comité, nuestra concepción de la ética nos lleva a este punto: ¿es justo causar un daño presente y cierto, como es amarrarte a una cama, en previsión de una actitud violenta, de probabilidad subjetiva?

En el Comité Pro Salud Mental En Primera Persona abogamos por una sociedad libre de sujeciones, que te castran la autoestima. Al adoptar esta intención no hacemos sino recordar el espíritu liberador establecido en el texto de la Convención de la ONU: la persona como sujeto portador de derechos incontestables. ¿Hay algo más inherente a la condición humana que la libertad?

Pero, al mismo tiempo, comprendemos que esa situación tan idílica como justa, que es la contención cero, ha de venir precedida de un intenso debate social, en el que la experiencia en primera persona haga prevalecer sus argumentos, y ayude a la conciencia colectiva a alcanzar la mayoría de edad.

Un primer paso hacia la eliminación de su uso sería la de introducir la especialización de los profesionales que operan en las unidades de salud mental; capaces entonces de apaciguar las emociones de una persona en crisis mediante técnicas terapéuticas (el poder de las palabras a examen).

Es nuestra experiencia en primera persona y nuestra experiencia compartida que la actitud más frecuente durante un episodio psicótico es la de sentir miedo, la de buscar una huida. Aquí, un tratamiento farmacológico respetuoso y una llamada a la tranquilidad serían suficientes.

El segundo paso hacia la libertad es la de establecer registros sistémicos que justifiquen la inaplazable necesidad del acto castrador que es la inmovilización. Aquí nos ahorraríamos la discrecionalidad proveniente de su uso cuando se piensa “vaya a ser que dé problemas”. Por supuesto, como “castigo” nunca.

Por último, sería ganarse los afectos y la atención de la opinión pública, ajena a esta estigmatizante práctica. Ya que, por más que se silencie una realidad, esta no deja de existir.

Es propio de las sociedades avanzadas dotarse de protocolos que ahonden en la dignidad humana; el caso contrario es abrir el camino a la tortura.

Avancemos en la modernización de los lenguajes que rodean a la salud mental.

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