chocolate

CHOCOLATE

(Enrique, Canarias)

Quiero comer chocolate, me dijo aquella voz peculiar.
Quiero comer chocolate con leche, de ese que se te pega al paladar, y de allí va directamente a la cabeza, proporcionándote una sensación de placer parecida al orgasmo.
Un chocolate crujiente y pegajoso, de esos que te hacen soñar y te invitan a la reencarnación, sólo por el gusto de volver a probarlo.
Sonrisas de chocolate. Debería definirse así, como un nuevo sentimiento…casi puedo masticarlo…¡qué rico!

Aquella voz tan peculiar pertenecía a Hilda, una de las cuatro hilanderas de Subconciente. Las otras tres se llamaban Matilda, Uxua, y Remedios. Cuatro ancianas que tejían, hilaban, torcían y retorcían sin descanso toda la variada materia prima que entraba por las enormes puertas del reino (miedos, deseos, pensamientos, emociones…), y que ellas haciendo uso de sus husos, procesaban con mimo y habilidad, con el fin de ascenderlo a Conciente, de tal manera que allí fuese finalmente resuelto y el ritmo de su frenético trabajo, les diese al menos unos segundos o minutos de aliento.

Hilda era la mayor de las ancianas. Gobernaba sobre las demás y ejercía con mano dura y disciplinada, pero sabiamente, la labor de las cuatro.
El mayor de los conflictos para ellas, aparecía cuando el alto ritmo de producción, sumado al cansansio de las ancianas, se unía a la aparición de una gran y enrollada madeja de hilos, que la pobre Remedios, como encargada de esa tarea y con una presbicia inminente, no alcanzaba a desenredar. Así, tan laboriosa actividad, interrumpía el trabajo del resto y con el fin de volver a poner a punto Subconciente, evitar un bloqueo, y seguir tejiendo con armonía y habilidad, todas se ayudaban mutuamente sin que ningún hilo tuviese que ser arrojado a la basura (un lugar que las ancianas comunmente denominaban vertedero).

El “vertedero” no era otra cosa que la Planta Nacional para el tratamiento y/o reciclaje de residuos (PNTRR), un lugar inhóspito y poco concurrido, gestionado y habitado por alguien al que todas llamaban Alma, aunque aquello no dejaba de ser cuestión de fe, ya que nadie en Subconciente la había podido ver nunca.

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