El Ignorito

Victor

‘El ignorito’
el amor de mi vida has sido tú…
Camilo Sexto

Es el momento preciso en el que entiendo el chiste, me río, a dos manzanas de mi casa; mi hermano me contó algo extraño: yo dije (‘Lo ignoro’), y el chiste seguía: ‘Uy, qué ignorito más bonito’. Entonces mi hermano y yo nos llevábamos bien, no habíamos reñido por la colección de sellos de mi padre del Club Filatélico.

Me alegro de verte —me dijo Sara, amiga de Universidad. La había contratado porque era la mejor abogada en temas de familia, herencias… Me crucé con ella por la calle, y me dijo que se había instalado en Madrid. En la Universidad yo hacía químicas y ella derecho. Yo estaba enamorado y ella nos sorprendió a todos cuando anunció que se casaba con un chico americano, y se iban a Los Ángeles porque él se disponía a dar clases en la Universidad de Ucla—. Este caso lo puedes ganar fácilmente —continuó.

Yo no quiero ganar —le dije—, deseo cerrar esta disputa y que mi hermano viva tranquilo. Renuncio a las pertenencias de mis padres, pretendo volver a casa de mi hermano en Navidad y hacerles regalos a sus hijas.
Sara se levantó, se acercó hasta mí y se sentó en mis rodillas. Me confundí, me dijo. No tenía que haberme ido a California, debería haber aceptado tu propuesta. Y cuál era mi propuesta, le pregunté. ¿No te acuerdas?, fue su respuesta. Nunca te lo dije, pero estaba enamorada de ti. Lo ignoraba, seguí. Si no hubiera sido porque perdí el hijo que esperaba, ahora seguiría estando en el mejor despacho de abogados de Los Ángeles, me contestó. Esto que pasó, me hizo cambiar la perspectiva sobre las cosas. Llevo 6 meses en Madrid, y cuando llegué, se me vinieron muchos recuerdos de aquellos años; sigues siendo el mismo Juan de siempre, atento, con buenos propósitos. Me pregunto cómo es que no ha habido alguien en tu vida.

Sonreí. Estaba en el vértice de contar algo que me iba a hacer feliz. La invité a cenar como si el tiempo no hubiera pasado entre nosotros y Sara aceptó con la premisa de que pondría el vino y los postres. A las nueve y media de la noche estuvo en mi casa como el perro que espera en la puerta cuando siente al amo abrir.

Preparé salmón al horno y fideuá de pollo. Cenamos recordando cosas de la Universidad. El grupo, las reuniones en el bar Tineo de la Plaza Mayor, el baile en el que ella me dijo que no estaba para estar con nadie después de la muerte de su padre, y el anuncio, un año después, de que se iba a Los Ángeles con el hombre de su vida.

Has hecho una cena deliciosa —me dijo.

Después de cenar nos sentamos en el salón, en el sofá, y ella desplegó su deseo más realizable, conocer quién había estado en mi vida. ¿Quién era?, me preguntó. Volví a sonreír. Iba a contar mi historia por primera vez:

»Había llevado a mi madre a su proceso de quimio y ella estaba allí. La acompañaba su marido, y se llamaba Elena. Era guapa, y la peluca la hacía esbelta. No hablábamos mucho, hasta que un día me dijo que su marido se veía con otra, y que ella quería hacer lo mismo para poder echárselo en cara antes de morir.

»—Pero no quiero que te acueste conmigo —me dijo—, en tus ojos veo, y desde la muerte lo comprendo, que has tenido a alguien que te ha marcado mucho, y que es con la única que querrías hacerlo.

»Sonreí.

»—Solo quiero saber —continuó—, porque no lo he hecho nunca, qué se siente al estar con otra persona. ¿Tú qué harías con esa chica de tu vida? Seguro que estuvisteis muy unidos, pero la fe en las equivocaciones marcó la esperanza para que todo se resuelva, y nada es pasajero si la vida lo entiende así.

»Sara, poco a poco empecé a verla de otra manera y a olvidarme de ti. Era extraño, pero ya no necesitaba ese deseo, parecía que hubiese estado equivocado toda mi vida. Luego ella desapareció. Antes, quedamos un par de veces en el silencio apartado del Retiro, casi de madrugada, a las 7:30 de la mañana, y allí hablábamos. Me contó pormenorizadamente como sus dos hijos fueron creciendo y ni ella ni su marido tuvieron la forma de darse cuenta.

»—Hubo algo en nuestras vidas —me siguió contando— que no funcionó. Yo deseaba agarrarme a un deseo que partía de nosotros mismos, pero que estaba lejos de realizarse, y él dejó de venir por casa. Faltaba a los cumpleaños de los niños, siempre de viaje, siempre en alguna otra parte que nadie en la familia conocía, y yo le seguía queriendo.

»—¿Y cómo te acompaña ahora en lo de la enfermedad? —le pregunté.

»—No lo sé —me contestó—. Es como si quisiera seguir estando ligado a mí.

Es una historia preciosa —me dijo Sara—. ¿Sabes que le puse los cuernos con otro?

¿A quién?

A Richard —me respondió—. Le conocí en una obra de teatro. Era actor. Se montó un lío grande y me vine a España intentando echar tierra de por medio.

Siempre has estado metida en muchos jaleos.

Vente conmigo a París —exclamó—, quiero vivir allí.

Y qué hacía yo en París, meterme en una de sus locuras. Volví a comprobar la extrañeza que era tenerla allí, en mi salón, y en algún momento de la noche deseé que se fuera. Volvieron otra vez esos miedos, esa inseguridad de estar al filo de los sentimientos, ella decidía; la estaba ofreciendo mi vida y ella quería marcharse a París, ¿dónde estaba Elena? ¿Qué me exigió Elena? Tan solo quería que la acompañara, y así fueron sus últimos días. La muerte fue triste y en soledad; tenía a alguien allí que miraba el WhatsApp para decirle a su amante: tranquila, ya falta poco. Yo me senté el último en la iglesia en el funeral, y me mantuve lejos cuando la introdujeron en la tierra —me dijo que quería ser enterrada con sus padres, que era lo único que le quedaba por hacer.

Si esos son tus propósitos —me dijo Sara—, no tienes por qué ir a juicio con tu hermano. Habla con él, seguro que llegáis a un acuerdo.

Yo sonreí tristemente y me pregunté qué significaba el amor. En el siglo XXI cómo se hace eso.

Sara, Elena me dijo: ‘Seguirás detrás de ella, vaya donde vaya’.

Siempre has sido un inocente —observó Sara mientras se ponía el abrigo y se disponía a salir—. No hay caso Juan, es mejor que lo dejemos aquí.

Lo de mi hermano se solucionó y esas Navidades cené en su casa. Me dijo Felipe después de la cena:
Esa mujer murió, ¿verdad?

Elena es lo mejor que me ha pasado en la vida, al menos lo único que he tenido.

¿Lo único que has tenido? —me dijo Felipe con desdén—. Sara me dijo que se alegró de verte. Creo que me dio la clave para que nos reconciliáramos. Una cena.

No te entiendo.

Ella ha venido a Madrid para quedarse contigo.

Si se ha ido a París.

Qué corto eres. Ayer precisamente hablamos y me preguntó por ti.

Salí corriendo. Era medianoche de Navidad, y llegué a su casa. Toqué el timbre. Sara abrió y se quedó en silencio. Sonrió. En ese momento supe que no volvería a verla. Me di la vuelta y bajé corriendo la cuesta ancha que atravesaba los adosados. Después cogí un taxi. A las 7 de la mañana abrieron La Almudena y fui a ver Elena. Me sentí aliviado. Era Navidad y por qué no…

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