EL VALOR DE YOLANDA

 

Ander chateaba sin mucho interés cuando coincidió con Yolanda, que pasaba un aburrido domingo de invierno en su casa. Aquí empezaría una historia de amor, celos, discusiones seguidas de gratificantes reconciliaciones, pasión, amistad y mutua comprensión. Pero conozcamos algo de nuestros protagonistas:

Ander, proveniente de La Casilla, barrio de clase media de Bilbao, compaginaba trabajos eventuales con sus estudios de Derecho. Actualmente tiene 23 años. Su infancia fue dura, debido a que sufría un Trastorno Generalizado del Desarrollo del tipo del espectro autista. Su desarrollo fue normal en los primeros meses de vida, pero pronto empezaron los problemas: no respondía a su nombre, evitaba el contacto visual, experimentó una involución en el uso del lenguaje y tenía intereses muy restringidos: coches y dinosaurios. Tras dar muchas vueltas, sus padres advirtieron que había gente que se aprovechaba de la enfermedad de un niño para lucrarse, y decidieron seguir los consejos del neuropediatra y de la logopeda y profesor de apoyo con que contaba en el colegio. El hecho de tener paciencia y dedicación con Ander promovió que éste pudiera avanzar en sus relaciones sociales y estudios. Esto no evitó que a la edad de 22 años le fuera diagnosticada esquizofrenia hebefrénica. Su pensamiento era poco fluido, reía sin motivo, utilizaba frases repetitivas… síntomas todos ellos de este tipo de psicosis. Su aparente falta de sentimientos era provocada por la enfermedad, y el estado de pasividad propio de esta poco común forma de esquizofrenia fue neutralizado por la motivación que Ander recibió por parte de sus progenitores. Pero al confirmarse el diagnóstico tan poco común –la esquizofrenia afecta a un 1 % de la población, pero es, en su mayor parte, de tipo paranoide, con un mejor pronóstico- sus padres no lo aceptaron. Miedo, vergüenza y culpabilidad se instauraron en el seno de esta familia. La llegada de la enfermedad supuso angustia y mutuos reproches.   Esta situación creó un Trastorno de Ansiedad Social en Ander, que provocó un miedo a situaciones sociales por antelación  de  que éstas resultarían embarazosas. Tras un ingreso de quince días en el pabellón Eskuza, donde se encuentra la Unidad de Psiquiatría del Hospital de Basurto (Bilbao), seguido de tres meses en el Hospital Psiquiátrico de Zamudio, se encuentra en la actualidad buscando un rumbo para su vida. Durante este tiempo el único apoyo que ha recibido a nivel de amistades es el de Aritz, “un buen tío”, como dice Ander.

Yolanda es una chica del barrio de Monte, en Santander. Tiene 21 años y estudia Psicología. De pequeña “era una niña movida”, decían sus padres y profesores. Lo cierto es que tenía un Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad –sin diagnosticar- de tipo combinado (hiperactividad, impulsividad e inatención eran las notas que lo caracterizaban). Esto le llevaba a tener problemas con profesores, ya que a menudo hacía comentarios inapropiados, y compañeros, debido a que no aceptaba las reglas de los juegos, adelantándose a su turno. Pero el TDAH no es un problema sólo de niños. Al llegar a la adolescencia y principio de la edad adulta, los síntomas continuaban. Su forma de pensar y actuar atolondrada le hizo tontear con las drogas sin plantearse las consecuencias, de las que había sido informada en el colegio, aunque quizás a un nivel demasiado teórico, sin contacto con personas cuya vida se ha visto arruinada por el consumo de estupefacientes. Su impulsividad, unida al consumo de sustancias ilegales, le hizo desarrollar un Trastorno Límite de la Personalidad. Experimentaba, como es propio en esta enfermedad, las emociones de forma muy intensa. Y tenía problemas derivados de dicha afección: aparte del consumo de drogas, se autolesionaba, realizaba compras inútiles, vivía relaciones interpersonales inestables y turbulentas y sufría un sentimiento de vacío que le costaba verbalizar.

Hace un año ingresó en la Unidad de Psiquiatría de Valdecilla, y posteriormente fue derivada al Centro de Rehabilitación y Reinserción Social de Pedreña, donde con mucho esfuerzo consiguió deshabituarse de las drogas.

Sus amistades estaban vinculadas a ese mundo, con lo que actualmente se encontraba en una encrucijada. Estaba deseosa de conocer amigos que no consumieran.

Tras tener una agradable conversación, mantuvieron el contacto, dándose los buenos días a través del whatsapp al empezar cada jornada, y, debido a que se sentían el uno atraídos por el otro, tenían miedo a perder esta relación de amistad a distancia confesando sus respectivas enfermedades. Éste fue el motivo por el que construyeron una realidad a su alrededor que no era fiel a la verdad: ambos acudían a diario a la Facultad –en realidad se estaban tomando un respiro-, tenían muchos amigos, salían los fines de semana. Todo esto eran construcciones mentales para no dejar entrever sus problemas de tipo psiquiátrico.

Yolanda, tras un mes de conversar a diario con Ander, decidió sorprenderle: fue hasta su portal y le envió un whatsapp que contenía el siguiente texto: “Baja de casa. Estoy en tu portal”. Se fundieron en un abrazo y, tras los nervios iniciales, ambos sintieron que estaban hechos el uno para el otro, pero –pensaban- la enfermedad mental les separaba.

Entraron a un bar mientras daban por la televisión la noticia de que “un esquizofrénico había cometido un horrible crimen”. Esa forma de presentar la noticia enojó a Ander y a Yolanda, haciendo comentarios del tipo: “No dice que se trata de un conquense o un peluquero; resaltan el hecho de que tiene una enfermedad mental”; “transmiten la idea de que las personas con esquizofrenia son peligrosas”; “En realidad, un 3 % de las personas diagnosticadas de esquizofrenia pueden llegar a cometer delitos de sangre”; “El mayor peligro de un enfermo mental es para sí mismo”.

Al advertir el alto grado de aceptación de este tipo de problemas por parte de Ander, y el nivel de complicidad que mantenían en este aspecto, Yolanda se atrevió por fin a explicar a su amigo que tenía una enfermedad mental. “Yo también”, se apresuró a decir Ander. A ambos les dio un vuelco el corazón. Ya no tendrían que ocultar nada. Ahora podrían hablar sin tapujos de cualquier tema sin tener que recurrir a subterfugios para esconder algo de lo que, en realidad, no tenían por qué avergonzarse, como no lo hace un diabético, por ejemplo. Pero el estigma social es un problema que ha traspasado las barreras de las personas   “sanas”, y son muchos los enfermos mentales que se “autoestigmatizan”. De eso sabe la enfermera de psiquiatría que atiende a Yolanda. El primer paso que debe realizar la persona aquejada de problemas de salud mental –dice- es dar a conocer su condición, sin dejarse influir por posibles juicios ajenos. Después, reivindicar que se le trate con naturalidad, huyendo de sensacionalismos por parte de algunos medios de comunicación.

Aritz, único amigo que le queda a Ander, después de su largo ingreso psiquiátrico, se ha interesado por la problemática de los enfermos mentales a raíz de la crisis de su amigo. Aritz tiene una opinión sobre la situación actual de este colectivo: a nivel individual, considera que se ha avanzado en la forma de enfocar la enfermedad mental y la manera de tratar al afectado por la misma por parte de la sociedad, y a nivel asociativo –opina-, la OMS ha dibujado y establecido estrategias para la organización de Asociaciones de Familiares de Enfermos Mentales, utilizando la figura jurídica de ONG. Así, tenemos el trabajo de la Confederación Salud Mental España –continua Aritz-, dependiente a nivel europeo de EUFAMI, y del CERMI (Comité España de Representación y Defensa de Personas con Discapacidad). Considera el amigo de Ander crucial el trabajo a nivel territorial de los Centros de Rehabilitación Psicosocial (CRPS), donde se presta apoyo de todo tipo a enfermos mentales a la vez que se les instruye en distintos talleres y realizan numerosos deportes mientras se tiende a la recuperación de la autonomía de las personas usuarias del servicio, algo que Aritz valora muchísimo; de las estructuras residenciales, donde se atiende a personas con necesidad temporal o permanente de servicios residenciales y de rehabilitación, bajo un régimen de tutela parcial o permanente; asimismo, son muy relevantes –a decir de Aritz- los servicios de orientación y atención y los programas de apoyo social. El fundamento de los éxitos, entiende, está en la base, independientemente que desde instancias superiores tengan que llegar los medios necesarios. Pero es importantísima la dedicación de los profesionales de estos centros, que, continua, es encomiable. Por otra parte, sois vosotros, los enfermos mentales, -dice Aritz a Ander- los que debéis asumir un comportamiento que conduzca a que seáis integrados en la sociedad y se os trate con naturalidad.

Es mucho el trabajo que hay que hacer a nivel de concienciación de la sociedad y de reconocimiento y ejercicio de derechos, así como de aportación de todo tipo de iniciativas, recalca Aritz. Que no se dé el caso tuyo y de Yolanda. Te animo a que motives a las personas con las que trates aquejadas de una enfermedad de este tipo a que no se avergüencen, no se sientan culpables y no oculten su afección, que hablen con naturalidad de la enfermedad y los problemas asociados con ella con familiares, amigos, allegados, vecinos,…

El silencio implica que hay una sensación de culpa, y ésta está totalmente injustificada, explica Aritz a su amigo.

Si coincides con personas a las que hace poco que han diagnosticado una enfermedad mental, diles que tengan el arrojo que mostró Yolanda. Porque compensa, ¿no crees? Así es, -dijo Ander-, pero vamos a tomar una sin alcohol que tienes que tener la garganta más seca que la yesca.

 

 

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