TTARTTALO JUGÓ SUS CARTAS

(Con personajes de la mitología de Euskal Herria)

 

Nuestro protagonista, al que llamaremos Miguel, comenzó a interesarse por la ancestral mitología de Euskal Herria. Esta inclinación se produjo a raíz de recibir un mensaje de Ziripot –joven que lleva un saco relleno de paja como vestimenta, con la cara tapada y que puede andar a duras penas- al mirarse en el espejo. Esta imagen reflejada le alertó sobre una futura y peligrosa visita de Ttarttalo. Así pues, Miguel emprendió la tarea de documentarse acerca de este último ser mitológico. Buscaba un libro en su biblioteca, acerca de este voraz cíclope antropófago y cómo evitar sus artes mortíferas, pero un Galtxagorri se ocupó de que no lo encontrara. Los galtxagorris son pequeños duendes ataviados con rojos calzones. Emplean su descomunal fuerza para ayudar a su dueño. Eso sí, es deseable que estén ocupados. De lo contrario, se dedican a molestar. Y como quiera que estaba ocioso el geniecillo de nuestro protagonista, se encargó de cambiar de sitio numerosos objetos de la casa de Miguel. Concretamente, el libro al que nos referimos, lo había llevado a una belagile hasta la entrada de su cueva para que lo custodiara. Se trataba de una bruja que se convirtió en tal tras besar a Etsai –el diablo- haciendo la señal de la cruz con un pie. Por el camino tuvo que zafarse del animal de la muerte con cabeza de gallo, cuerpo de serpiente y alas llenas de espinas: el Basilisco del pozo. Miguel estaba predestinado a encontrarse frente a frente con su mirada, muriendo por dicha causa como explica la tradición, pero evitó abrir la puerta de su apartamento a este malévolo ser, enfrascado en la búsqueda de su libro. El Galtxagorri salvó así la vida de Miguel, quien maldecía su propia suerte al no encontrar el texto. Esta belagile amiga del duende guardó el libro a buen recaudo, en una “kutxa”, cofre en el que guardaba objetos de gran valor, como por ejemplo piezas de oro, en el interior de su cueva.

Siete nuberos procedentes de tierras asturianas y cántabras, que acudían a un aquelarre en Zugarramurdi, y alertados de lo que ocurría a Miguel por la princesa triste –costurera en un principio incrédula sobre la que las brujas descargaron su ira- se enojaron con el Galtxagorri por cambiar el curso de los acontecimientos, y, con el necesario permiso de Mari, ya que se encontraban en la “iuris dictio” de ésta, desataron una gran tormenta que enfureció a los seres mitológicos: Ttarttalo buscaba con su único ojo a nuestro protagonista con ánimo de saciar sus instintos antropófagos. La lamia golosa salió en busca de alimento, movida por un creciente mal humor que acrecentó su hambre, y mostraba su horrible apariencia. Esta lamia era capaz de correr toda suerte de riesgos por hacerse con los restos de una pobre cena de campesinos. Imaginaos qué apetito tenía que tener después de un ayuno de dos días que llevaba sufriendo unido al desgaste que le produjo su monumental enfado. Sugoi –el culebro de la cueva de Balzola y señor de los mundos subterráneos, informado por Mari de la maniobra del galtxagorri, salió en busca de éste, con intención de devorarle, mientras aquélla buscaba a hombres incautos pero con intenciones turbias, sobre los que hacer recaer maleficios, dejando por un día sus moradas, pues cuenta con varias, siendo la más conocida la que posee en el monte Anboto. Mari, diosa suprema de la mitología de Euskal Herria con apariencia de una hermosísima mujer de largos cabellos, había ido ese día a visitar a Sugoi, como hace todos los viernes para peinar sus cabellos con un peine de oro.

Se hizo la noche y un millón de moscas de Mendiondo salieron de la superficie de excrementos de vacas para ir a la ciudad y hacerse dueñas de ésta. Lo cierto es que estos insectos, que en su ambiente son trabajadores y beneficiosos para el ser humano, desarrollando trabajos en el campo, al salir de su hábitat se trastornaron, destrozando cableado eléctrico, tuberías, etcétera, con ayuda de un montón de helmintos, provenientes de debajo de helechales, con los que pactaron.

Ánimas en pena, arrastrando sus cadenas, buscaban nuevas compañeras por posadas, tabernas,  y ventas. En la luna lánguida –ilargi– se apreciaba al ladrón de Antzuola, el cual –enojada la luna por las fechorías que cometía- fue agarrado por ésta, que empezó a bajar del firmamento; cuando estaba cerca de él, lo cogió por la cintura con su cuerno. Desde entonces, el ladrón mora en la luna, y los días en que ésta es llena, puede verse su cara si observamos a nuestro satélite con atención. Miguel era buscado por varias brujas para ocupar el lugar de el ladrón de antzuola.

Miguel seguía buscando el volumen sobre la Ttarttalo. Escudriñaba las desordenadas estanterías; ejemplares de “Demian”, de Hermann Hesse; “Corre, rocker, corre”, de Sabino Méndez; “La ciudad de abajo”, de Daniel Múgica; “Cartero”, de Charles Bukowski,… se mostraban ante sus ojos, mientras algunos personajes de estos tomos parecían cobrar vida. En su repaso visual a estos templos del conocimiento, sus ojos se posaron en “El lobo estepario”. La historia en él narrada parecía acomodarse al pellejo de Miguel. Y más libros se presentaban ante nuestro protagonista.

También aparecieron medio ocultos entre tantos volúmenes polvorientos y con el lomo en sentido contrario al del resto de obras, “Nosotras las brujas vascas”, de Karmele Saint Martin, o “Leyendas de las brujas de Zugarramurdi”, de José Dueso, pero nada apareció sobre  Ttarttalo. Miguel sintió una creciente curiosidad por este personaje mitológico, pero la noche y los ritmos circadianos se encargaron de que se durmiera. En sus imágenes oníricas evocó a dicho ser, y pronto pasó a un estado de sueño cada vez más profundo.

Ya en brazos de Morfeo, donde lo real aparentemente se mezcla con lo ficticio en forma de fantasía, y se nos prepara para que nos enfrentemos a futuros acontecimientos que se nos predicen, Miguel evocó a Ttarttalo depositando cartas bajo la puerta de su apartamento. La primera decía: “Deja de investigar sobre mí”; recibió una segunda misiva que rezaba: “Estás maldiciendo tu suerte cuando la verdad es que andas sobrado de ella”. Un tercer mensaje le advertía: “Si sigues lamiéndote tus propias heridas, recibirás mi visita esta noche, y te aseguró que no lo encontrarás grato”.

Miguel, en sueños, seguía buscando la obra de marras, y a eso de las tres de la madrugada, Ttarttalo, con la paciencia agotada, se coló por la cerradura de su apartamento, debilitándole hasta que murió, haciéndole recordar el momento en que maldijo su suerte al no encontrar unos papeles encuadernados.

A veces maldecimos nuestro sino porque acaecen circunstancias que, en realidad, provocan situaciones que nos evitan diversos males. Por otra parte, el pesimismo llama a gritos a la desgracia.

Éstas fueron las enseñanzas que extrajo Miguel de su sueño en una noche en la que su imaginación evocó a varios seres mitológicos en una localidad de la ribera de Navarra cuyo nombre ahora mismo no recuerdo, aunque hay quien cree que esta historia se produjo en realidad… Esta zona del Sur de Navarra es menos rica en leyendas en las que aparecen seres mitológicos vasconavarros, debido a que históricamente ha tenido más contacto con otros pueblos, el romano, godo, musulmán,… Precisamente por ello, esta narración ha suscitado gran interés entre los habitantes de la comarca de Tudela.

¿Queréis mi opinión? Esa noche se reunieron sorginetxe, sorgingaua, sorginiturri, sorginerreka, sorginkoba… en un aquelarre en el que decidieron asustar a Miguel para que empezara a valorar lo que tenía, que no era poco. Todo ello lo hicieron a mis espaldas, pues sabéis que yo no soy tan considerado… ¿Que quién os cuenta esto? El mismísimo Etsai, también conocido como Deabru, Gaizkiñ, Iruadarreko, Txerren… Podéis llamarme de mil maneras, pero no pronunciéis el nombre de Jesús en mi presencia. ¿O a lo mejor yo estaba presente en aquella reunión? ¿Habéis oído alguna vez hablar de un aquelarre sin mi presencia? Yo que he instruido a tantas brujas en el arte del “birao” (mal de ojo), ahora me veo cultivando el “adur” (vehículo mágico de transmutación) con finalidad edificante. Creo que los años me están volviendo demasiado sensible…

En cualquier caso, no me juzguéis, ¡o haré que vuestra alma se pudra!

 

Firmado: En carne viva.

 

 

 

 

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