ALA DE COLIBRÍ

La soledad nos ha acompañado desde el principio de los tiempos, pero quizás no ha sido tan relevante, ni ha estado tan presente en nuestras vidas como en estos tiempos que corren, en la llamada “Era de la Comunicación”, cuando disponemos de todo tipo de dispositivos y aparatos que nos conectan a casi todos los confines del mundo. ¡Paradójicamente ahora! Es cuando nos sentimos más incomunicados que nunca, menos conectados al mundo y nuestros semejantes, lo que demuestra que… Se nos está yendo el baifo.

La soledad se ha definido como la distancia interior que percibe una persona en relación a las otras. Está la soledad escogida, placentera y serena, la que nos brinda la oportunidad de “Buscarnos pa dentro” y ofrecernos los silencios necesarios para sobrevivir en un mundo de ruido y expectativas, dentro y fuera de nosotros mismos, una soledad necesaria y muy a menudo refugio de nuestras propias turbulencias. Pero no es a ésta a la que me refiero: hablo de la soledad no elegida, “soledad social” la llaman, aquella que nos aísla del entorno, nos hace sentir incomprendidos, desconectados y desilusionados, una soledad que nos atrapa gravitacionalmente como si de un agujero negro se tratara, ustedes saben a la que me refiero… La que nos priva de un instinto básico de los seres humanos, interactuar, sentirnos parte, y nos desestima como sujetos creando una distancia infranqueable entre nuestros pensamientos y sentimientos, uno de los motivos principales de las “mal llamadas” enfermedades mentales.

Un amigo mío, un luchador que bajó a los infiernos y derrotó al diablo que vivía dentro de él, decía: “¡Pa perder el tino, sólo hace falta creernos cuerdos y jugar a suponer!

Ahora que peino alguna cana, recuerdo aquellos tiempos en que vivíamos sin tanta tecnología, pero muchísimo más conectados que ahora desde el corazón. Un silbido era el aviso para el partidito en la plaza, nos visitábamos y los teléfonos eran para una urgencia.

Ahora que he tenido la dicha de resurgir de mis cenizas, de reinventarme y sanear los cristales de mis gafas, ahora que percibo un bosque donde creí que había un solitario cactus. Ahora que me doy la oportunidad de contemplar que en sus ramas viven aves multicolores y por sus sendas circulan un montón de animales, el sol, la lluvia y alguna tormenta, pero también un bello arcoíris. Ahora que disfruto del aroma de las flores, de la lluvia y el sol. Ahora que he reído y llorado, que he amado y desamado, que me he sentido desgraciado y agraciado, que he sumado vivencias, soy espectador atónito de cómo ha cambiado el cuento, somos espectadores a tiempo real de lo que está ocurriendo en la Quinta Avenida de Nueva York, ver cómo se celebra el año nuevo en Nueva Zelanda o saber si ha nevado en la plaza de Damm, pero no sabemos cómo está Doña Carmen o Don Antonio, los vecinos de enfrente, si están bien o están mal, si por desgracia han fallecido y los tenemos a escasos 5 metros.

Tantas personas en el mundo pegaditas unas a otras, unidas por conexiones casi mágicas o inimaginables en aquellos tiempos y, sin embargo, cada día nos sentimos más solas, más aisladas e incomunicadas.

Hoy en esta “Era” de la comunicación, del 5G, de conexiones wifi, de las redes sociales, de las vídeollamadas, del Whatsapp o el Telegram, nos sentimos más solos que nunca… debemos hacer un ejercicio de auto crítica personal y social sobre ¿qué estamos haciendo mal? Ya no es un sentimiento reservado a personas mayores, ahora afecta a todo tipo de personas, sin importar la edad, la cultura, la raza, el estatus social…

Los seres humanos somos capaces de lo mejor y de lo peor, lo sabemos. Hace unos años leí que en Estados Unidos se habían generado unos recursos improvisados por personas que voluntariamente ofrecían compañía a otras que se sentían solas, tomando un café o dando un paseo con ellas y de cómo éstas se fueron convirtiendo en un lucrativo negocio, donde empresas ofrecían compañía por dinero… ¡Hasta con la soledad se hace negocio!

¿Es esto progreso? ¿Es este un mundo más avanzado y mejor?

Que haya jóvenes con apenas 13 años sufriendo por soledad, no es más que el reflejo de que este sistema de egoísmo y competitividad…

¡¡No funciona!!

Ver a las personas en la tesitura de estar con la denominada “Fatiga Pandémica” y ver cómo son capaces de pasar junto a una persona tirada en el suelo y ni mirarla, o colarse en la guagua como si pensasen que los demás no se van a dar cuenta… Iluso yo al pensar que estos cambios conducirían a una sociedad mejor.

¡¡Qué va!!

No hay más que darse una vuelta y ver la energía que flota en el ambiente, la educación y los valores en decadencia, la agresividad al volante, la incapacidad de nuestros representantes para llegar a acuerdos que velen por las personas, la tensión, frustración, hasta ira diría yo están más presentes que nunca en nuestros días…

No quiero ser fatalista, pues a pesar de todo, sigo creyendo en las personas. Sigo creyendo que en algún lugar del interior de cada quien, hay un generador de amor. Me niego a aceptar lo contrario, pues significaría tirar la toalla, negarme a creer que un mundo mejor y más justo es posible, no es ese mi estilo.

Sé que hay buena gente por ahí ayudando desinteresadamente, movimientos sociales, vecinales que están haciendo muchísimas cosas, que queda un atisbo de esperanza. Personas concienciadas y evolucionadas que comprometidas cubren, en la medida de sus posibilidades, las carencias de aquellas que viven en soledad. Comida, agua, un café o una charla en el banco del barrio, no mitigará del todo ese sentimiento de soledad, pero les aportará algo de calma, sosiego, de esperanza y compañía al que lo recibe, pero al que lo entrega también le aporta la satisfacción de sentirse mejor persona, de sentirse orgullosa de sí misma dando un ejemplo a los suyos de coherencia. Actúan como viven, algo que no debemos desestimar, pues sin duda creo de que las cosas que más me han aportado a mi vida no fueron las que hice para mí, fueron las que hice por las demás.

¡Sólo hacen falta más personas, no tanta gente!

Necesitamos Corazones que prendan Luz en este mundo egoísta e insensato, que nos orienten cual Faro, para vivir en un mundo más solidario y mejor, donde las personas y los seres vivos sean más importantes que el capital o el beneficio.

Hago alusión a Antoine Exupéry:

Veo humanos, pero no veo humanidad…

(El Principito)

Seguiré soñando y proyectando mi energía en ese mundo mejor, son ustedes la excepción que rompe la regla y demuestra que la humanidad, aunque merma, existe. Agradezco desde lo más profundo de mi corazón a todas esas personas que aportan un granito de arena al mundo y a la humanidad de manera absolutamente desinteresada y altruista.

¡GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS!

Les dejo esta maravillosa canción del gran Silvio Rodríguez, que un día me dedicó un gran Amigo y Hermano.

ALA DE COLIBRÍ

PD: DESCONOCEMOS LA AUTORÍA DE LA FOTOGRAFÍA, SE AÑADE SOLAMENTE PARA ACOMPAÑAR A ESTE TEXTO.

JOSE LUIS HERRERA

Aprendiz de mucho, pero Maestro de nada.

Voluntario en Salud Mental La Palma.

ISLA DE LA PALMA

(CANARIAS)