La palabra: el vehículo de la paz

Sirva esta unidad de pensamiento, no como formulación de una verdad, pero sí al menos como certeza que nos ayude a comprender mejor eso de la salud mental.
Diremos que hemos encontrado una certeza cuando el ánimo se regocija, y no hay observación que pueda oponerse en lo sustancial.

Ya he concluido otras veces que el manejo de las palabras es un fundamento de la salud mental, así que vamos a enriquecer la paleta de matices diciendo que las palabras son el vehículo hacia la paz. (Me refiero lógicamente a la paz interior; que arreglar el mundo es asignatura distinta).
Mantengo aquí que la palabra es la forma que tiene la realidad subjetiva, o la mente, de relacionarse con la realidad objetiva, o entorno. Digo realidad, como podría decir naturaleza.

En un estado óptimo de salud mental, las palabras explican el papel del individuo en el mundo, y sirven de soporte a la experiencia vital, cuya mayor expresión es el oficio. Entiendo el oficio como la forma de supervivencia que se da en las sociedades modernas.

Si cumplimos estas dos condiciones, de tener una visión del mundo, y de tener entrenadas las palabras para la práctica de un oficio, la función mental tendrá un espacio de disfrute.

Puntualizo que hay otras emociones y sentimientos que son más intuitivos, como la pasión, o como la tristeza, en los que no veo tan necesario el soporte de las palabras.

Una vez más, recurro a mi testimonio vital: hasta que no indagué en los libros de pensamiento sobre el papel del ser humano en el mundo, y no aprendí las teorías del tenis de mesa, y la labor administrativa, no pude experimentar esa sensación placentera que es la paz; no fui dueño de mi bienestar.

En este hilo, estuve visionando en Internet una entrevista en profundidad a Mario Vargas Llosa, quien dio de lleno en una de mis certezas. Según Vargas Llosa, el patrón de conocimiento en la sociedad actual se basa prácticamente en la técnica, u oficio. Hemos abandonado las palabras que nos lleven al humanismo, al entendimiento de nuestro ser.

Sucede, hoy día, que un ingeniero, o un cristalero, desconoce de dónde proviene nuestra forma de pensar, los principios que vertebraron nuestra alma universal y le dieron una estirpe a los pensamientos.

Sin una preocupación media por ese fenómeno que es la vida, y no digamos sin la estructura que te aporta el aprendizaje de un oficio, nuestra paz interior tenderá a la fragilidad.

Si nuestras palabras están construidas sobre bases sólidas, afrontaremos con fortaleza las durezas del entorno natural, social y económico.

Quien dice paz, dice verdad.

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