Aguja de coser por el agujero de la cual pasa un hilo rojo

PROTOCOLO ADICIONAL AL CONVENIO DE OVIEDO

Una pregunta sobresale sobre las demás en mi entendimiento sobre la administración de medidas involuntarias en salud mental, y que lleva a preguntarme si es posible la práctica de la justicia. No es otra: ¿por qué el modelo biomédico no evoluciona hasta fundirse con el espíritu de la Convención de la ONU sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad?

La Humanidad ha sabido plasmar en este texto el ideal de justicia y la protección de los derechos fundamentales hacia los más desfavorecidos; y, sin embargo, la realidad nos devuelve una y otra vez a la misma sustancia: “usted es depositario de toda suerte de derechos hasta que la praxis de la medicina dictamine lo contrario”.

En un lado de la balanza, la dignidad humana y los sueños de bienestar de aquellos que fuimos sorprendidos por la dificultad, enmarcados en las magníficas palabras de la ONU. En el otro, el aplazamiento sine die de los derechos humanos, en la espera de un horizonte que no existe. ¿Para cuándo las medidas alternativas? ¿Acaso nos hemos movido de la casilla de salida?

El Protocolo Adicional al Convenio de Oviedo reconoce la importancia del respeto, pero deja la puerta abierta a facilitar la terapia involuntaria en condiciones de proporcionalidad y garantía, y en el convencimiento de que supone un beneficio.

Pudiese ser entendible esta razón, pero a día de hoy, el resultado es el más sórdido inmovilismo: miedo, trauma, aislamiento, exclusión, cronicidad.

Bien es cierto, que, si se protocolizan las medidas involuntarias y se basan en un minucioso registro, si se facilitan los trámites de denuncia, el número de vulneraciones caería a buen seguro y muchos de nosotros recuperaríamos la concordia. Pero la concordia de este mucho no aliviará las cicatrices de los que se quedan por el camino.

Es por ello que la lucha por los derechos humanos ha de ser sistémica, sin regates. Es la única manera de vencer a ese gran ojo de aguja: “se ha hecho como último recurso”.

Solo cuando se haya implementado todo el universo de medidas alternativas, y que se conocen, acudiremos al encuentro, seremos abiertos en el debate sobre los usos del modelo biomédico.

No se trata de hacer reproches. Se trata de avanzar hacia un modelo que suavice nuestra agonía existencial, nuestro hastío, y nos prepare para el bienestar psíquico, para la participación en la sociedad.

Tenemos que cambiarle la faz a las Unidades de Salud Mental y a las plantas de ingresos. Para que sean un lugar donde se recupera la autoestima.

Y si el problema es únicamente de recursos y apoyos, vamos a centrar el debate en ese punto. Cuando los psiquiatras y los afectados compartamos la misma noción de justicia habremos dado el primer paso.

Mientras, hemos de permanecer inflexibles, ya que de lo contrario nunca iniciaremos el camino hacia la tierra recogida en el texto de la ONU. Tenemos que vencer esa resistencia que es el aplazamiento, ya que la gente sufre a tiempo real.

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